No me gustaría materializarme demasiado. Ni ver solo dos ojos, ni palpar solo dos manos, ni correr hacia la huida sin motivo en estas piernas. No me gustaría anclarme en lo concreto, en lo cotidiano. En la paz de los momentos, en el aire fresco del otoño, en el sofocante verano siempre recordado. No me gustaría quedarme aquí, atada al suelo, aferrada a unos labios que no besan, a un cuerpo que se atormenta, a un vacío de esperanzas huecas. No me gustaría, no me gustaría, respirar sintiendo el aire en mis pulmones, y que se quedarán allí, sin comprender, sin esperar, sin ambicionar nada.
No me gustaría materializarme demasiado. Ni leer un libro para averiguar cómo termina. Ni mantener una dialéctica para contemplar como el tiempo se desliza. Ni posar los párpados cerrados sin pensar el sueño, ni observar las cosas sin razonarlas luego, ni escuchar los discursos sin pensarlos primero.
No me gustaría, no me gustaría, no volar como lo hago, no elevarme a largos tramos, no correr a pies descalzos, no hallar nada en la nada, no escribir.
Y por eso me voy, y por eso me alejo, de lo material y lo concreto. Me voy muy lejos, a buscar otros lugares, a hallar otros pensares, y a saborear el aliento de esta huída siempre ansiada.
miércoles, 3 de agosto de 2011
lunes, 1 de agosto de 2011
Queda todavía mucho aquí
Queda todavía mucho aquí. Quedan aún demasiadas palabras. Pero si solo fuesen ellas podría volver a mi cama. Hay más, hay más cosas que me asaltan.
Se torna el mundo demasiado material, muy sin aire, tan sin talle, que me ahoga, y me amarra, y me marca, y me tira hacia abajo, hacia la tristeza que esconden los mares. Los males asaltan. Todo es triste. Todo es tristeza. Silencio colectivo, terror temido, soledad que hiela y se queda.
Se torna el cielo tan sin nubes que angustia, y aprisiona, en un estado tan sin límite, en un espacio tan infinito, apesadumbra no ver el fin de este techo estrellado y hueco.
¿Qué hay, qué hay dentro?
Queda todavía mucho aquí.
Se tornan los labios tan sin besos que anhelo que se sellen y se vuelvan mudos. ¡Que hablen las miradas! Si es que pueden. Pero no, no pueden.
Se tornan los ojos, tan ciegos que enmudecen las palabras con ellos.
Y la tierra tan árida, tan yerma, tan sin sentido, tanto hastío en mi cabeza y en la arcilla y en los arbustos secos que no se alzan dos palmos del suelo.
Así, ¿cómo habré de elevarme?
Queda todavía mucho aquí. Quedan muchos desastres. Tanto que no queda nada, y el sentir a extremos comienza a ser peligroso. Habré de vivir amenazada de muerte.
Y la muerte ya me acoge, en su dulce ensueño, a que me despierte.
Se torna el mundo demasiado material, muy sin aire, tan sin talle, que me ahoga, y me amarra, y me marca, y me tira hacia abajo, hacia la tristeza que esconden los mares. Los males asaltan. Todo es triste. Todo es tristeza. Silencio colectivo, terror temido, soledad que hiela y se queda.
Se torna el cielo tan sin nubes que angustia, y aprisiona, en un estado tan sin límite, en un espacio tan infinito, apesadumbra no ver el fin de este techo estrellado y hueco.
¿Qué hay, qué hay dentro?
Queda todavía mucho aquí.
Se tornan los labios tan sin besos que anhelo que se sellen y se vuelvan mudos. ¡Que hablen las miradas! Si es que pueden. Pero no, no pueden.
Se tornan los ojos, tan ciegos que enmudecen las palabras con ellos.
Y la tierra tan árida, tan yerma, tan sin sentido, tanto hastío en mi cabeza y en la arcilla y en los arbustos secos que no se alzan dos palmos del suelo.
Así, ¿cómo habré de elevarme?
Queda todavía mucho aquí. Quedan muchos desastres. Tanto que no queda nada, y el sentir a extremos comienza a ser peligroso. Habré de vivir amenazada de muerte.
Y la muerte ya me acoge, en su dulce ensueño, a que me despierte.
Delirios
Delirios infames
a mi puerta vienen
a llamarme,
y los escucho,
y los adoro
¡Los amo!
Porque son delirios
que me atañen.
Ahora sopla
ese inexistente viento
dentro
de mi alma
y de mi almohada,
y los delirios se engrandecen
y se ensanchan.
Un puñal
cubriendo mi espalda
tapa la herida
encendida
por la luz del día.
Yo quiero la noche,
y no mirarte,
y mis delirios,
y mis males.
Yo quiero la noche,
y no besarte,
y no pensarte,
y quererme
con toda el alma
derramada
entre esta sangre.
Delirios de muerte
¡que me asalten!
Los quiero todos,
como esas voces,
como el silencio,
como las tardes.
Como en los instantes
que no me quieres,
que no me abres
tus puertas
y que no entro
en tus mirares.
No me dejas,
no me dejas,
acampar en tu morada,
escribir
a lo negro de tu alba,
a los labios de tu pecho,
al color de tus miradas.
Delirios nocturnos,
despojos ardientes,
anhelo candente,
perfiles de dientes.
Que vengan,
que venga
la mordedura
prohibida de la fruta,
el vino
saliente de la uva,
el llanto
silencioso de la tumba.
Desnuda, desnuda
habrá de vivir el alma,
en la penumbra
de esta marcha,
que ya toca,
ya despunta el alba.
Sin bruma, sin bruma
se ven pasar las nubes
que se deslizan
por el cielo
como tú,
como avispas en revuelo,
como moscas de escarceo,
como lumbres que se apagan,
como cumbres que se alaban
sin llegarlas.
Delirios tan fríos
que hielan el fuego
del silencio mudo
de palabras en miradas
que lo dicen todo
sin que digan nada.
a mi puerta vienen
a llamarme,
y los escucho,
y los adoro
¡Los amo!
Porque son delirios
que me atañen.
Ahora sopla
ese inexistente viento
dentro
de mi alma
y de mi almohada,
y los delirios se engrandecen
y se ensanchan.
Un puñal
cubriendo mi espalda
tapa la herida
encendida
por la luz del día.
Yo quiero la noche,
y no mirarte,
y mis delirios,
y mis males.
Yo quiero la noche,
y no besarte,
y no pensarte,
y quererme
con toda el alma
derramada
entre esta sangre.
Delirios de muerte
¡que me asalten!
Los quiero todos,
como esas voces,
como el silencio,
como las tardes.
Como en los instantes
que no me quieres,
que no me abres
tus puertas
y que no entro
en tus mirares.
No me dejas,
no me dejas,
acampar en tu morada,
escribir
a lo negro de tu alba,
a los labios de tu pecho,
al color de tus miradas.
Delirios nocturnos,
despojos ardientes,
anhelo candente,
perfiles de dientes.
Que vengan,
que venga
la mordedura
prohibida de la fruta,
el vino
saliente de la uva,
el llanto
silencioso de la tumba.
Desnuda, desnuda
habrá de vivir el alma,
en la penumbra
de esta marcha,
que ya toca,
ya despunta el alba.
Sin bruma, sin bruma
se ven pasar las nubes
que se deslizan
por el cielo
como tú,
como avispas en revuelo,
como moscas de escarceo,
como lumbres que se apagan,
como cumbres que se alaban
sin llegarlas.
Delirios tan fríos
que hielan el fuego
del silencio mudo
de palabras en miradas
que lo dicen todo
sin que digan nada.
Y ahora
El silencio desdibuja los contornos de este encuentro. Y hace frío. Mucho frío. Ya es agosto, y el tiempo va helando el discurrir temprano de lo que se acaba, y se esfuma, y no vuelve. Y se recuerda. Siempre.
El silencio invade el hueco del perfil de los momentos. Y ahora nada. Y ahora nadie. Ya no hay quien nos salve de esta apuesta, ya no hay quien nos mate en esta esfera. Pesa, tu mirada, pesa, porque no mira, pero se fija. Arden, tus labios, arden, dando los últimos besos que ya escuecen. La noche ha salido hoy a buscarme, y a posar estos versos, y a escribir con anhelo. Y yo lo siento, todo lo siento.
Sigo esperando esa calma inquebrantable, o tal vez no, no espero nada. Cerrar los ojos ya es bastante. Un bostezo ya aparece. No quedan fuerzas para discernir lo inescrutable. No sobra aliento para contestar lo inexplicable.
Solo queda sangre. Que se derrama. Ya queda nada.
El silencio invade el hueco del perfil de los momentos. Y ahora nada. Y ahora nadie. Ya no hay quien nos salve de esta apuesta, ya no hay quien nos mate en esta esfera. Pesa, tu mirada, pesa, porque no mira, pero se fija. Arden, tus labios, arden, dando los últimos besos que ya escuecen. La noche ha salido hoy a buscarme, y a posar estos versos, y a escribir con anhelo. Y yo lo siento, todo lo siento.
Sigo esperando esa calma inquebrantable, o tal vez no, no espero nada. Cerrar los ojos ya es bastante. Un bostezo ya aparece. No quedan fuerzas para discernir lo inescrutable. No sobra aliento para contestar lo inexplicable.
Solo queda sangre. Que se derrama. Ya queda nada.
Historia de la mirada
Antes no había vacío, todo estaba lleno de nada, todo el universo giraba en torno a nada. Después la Tierra ocupó esa nada, y el vacío todavía no existía. El vacío empezó a existir cuando existieron las miradas.
Las miradas miraban, miraban las cosas, miraban las almas, las personas, miraban las miradas. Y cada mirada era distinta, y cada mirada transmitía, o no transmitía, y empezó a forjarse un vacío entre ellas, y a veces, después frecuentemente, en las miradas mismas.
Y como el vacío se fijó en algunas miradas, al mirar esas miradas se caía en el vacío. Algunas miradas se volvieron esquivas, pasaban por alto esas miradas, e incluso las cosas, por temor, por miedo a mirar el vacío, a descender hacia su centro.
Las miradas empezaron a pasar inadvertidas, apenas se posaban largo tiempo en un sitio concreto, sino que se deslizaban de puntillas, sin hacer ruido, con los pies descalzos, de un objeto a otro, de una mirada a un objeto, de dos objetos a ellas mismas. Y ni siquiera a ellas mismas se miraban de verdad. Por eso empezaron a desconocer a las otras miradas, y al mundo que les rodeaba, y a sí mismas. Las miradas no se recordaban, porque no se atrevían a mirar, a mirarse, a nadie.
Y el vacío cada vez se hacía más y más grande. Y el mundo iba quedándose ciego lentamente.
Había miradas, sin embargo, que se atrevían a mirar, que corrían el riesgo de caer en ese vacío que se iba ensanchando, que se iba extendiendo y que lo ocupaba todo. Muchas eran las veces que esas miradas habían caído en el vacío por arriesgarse a mirar, pero lograban salir de él, y seguían su mirar. Ah, y esas miradas sí, ésas se conocían a sí mismas, tanto, que se permitían el cerrar los ojos y seguir mirando. Las demás miradas, al cerrar los ojos, no podían más que estar soñando.
El vacío era tan denso y vasto que las miradas que miraban caían de forma constante en su centro, y empezaron a contener en sus cuencas lágrimas. Eso no las detenía, porque seguían mirando de verdad las cosas, las miradas y la vida. De tanto sucumbir en el vacío empezaron a mirarlo ya sin temor, ya sin escrúpulo, y lo contemplaron con tiempo detenido. Entonces las miradas que miraban se enjugaron las lágrimas y hallaron algo hermoso dentro del vacío, algo indescriptible. Habían llegado a contemplar el fondo de las cosas, el lado más profundo de las situaciones, los recovecos de la vida, los huecos de las manos, los rincones de los ojos, los secretos de los labios y las lecturas de los sentimientos, los más dulces y los más amargos.
Al regresar a la superficie descubrieron que el mundo estaba ciego y vacío. Y las miradas que miraban no volverían a mirar sin verlo todo.
Las miradas miraban, miraban las cosas, miraban las almas, las personas, miraban las miradas. Y cada mirada era distinta, y cada mirada transmitía, o no transmitía, y empezó a forjarse un vacío entre ellas, y a veces, después frecuentemente, en las miradas mismas.
Y como el vacío se fijó en algunas miradas, al mirar esas miradas se caía en el vacío. Algunas miradas se volvieron esquivas, pasaban por alto esas miradas, e incluso las cosas, por temor, por miedo a mirar el vacío, a descender hacia su centro.
Las miradas empezaron a pasar inadvertidas, apenas se posaban largo tiempo en un sitio concreto, sino que se deslizaban de puntillas, sin hacer ruido, con los pies descalzos, de un objeto a otro, de una mirada a un objeto, de dos objetos a ellas mismas. Y ni siquiera a ellas mismas se miraban de verdad. Por eso empezaron a desconocer a las otras miradas, y al mundo que les rodeaba, y a sí mismas. Las miradas no se recordaban, porque no se atrevían a mirar, a mirarse, a nadie.
Y el vacío cada vez se hacía más y más grande. Y el mundo iba quedándose ciego lentamente.
Había miradas, sin embargo, que se atrevían a mirar, que corrían el riesgo de caer en ese vacío que se iba ensanchando, que se iba extendiendo y que lo ocupaba todo. Muchas eran las veces que esas miradas habían caído en el vacío por arriesgarse a mirar, pero lograban salir de él, y seguían su mirar. Ah, y esas miradas sí, ésas se conocían a sí mismas, tanto, que se permitían el cerrar los ojos y seguir mirando. Las demás miradas, al cerrar los ojos, no podían más que estar soñando.
El vacío era tan denso y vasto que las miradas que miraban caían de forma constante en su centro, y empezaron a contener en sus cuencas lágrimas. Eso no las detenía, porque seguían mirando de verdad las cosas, las miradas y la vida. De tanto sucumbir en el vacío empezaron a mirarlo ya sin temor, ya sin escrúpulo, y lo contemplaron con tiempo detenido. Entonces las miradas que miraban se enjugaron las lágrimas y hallaron algo hermoso dentro del vacío, algo indescriptible. Habían llegado a contemplar el fondo de las cosas, el lado más profundo de las situaciones, los recovecos de la vida, los huecos de las manos, los rincones de los ojos, los secretos de los labios y las lecturas de los sentimientos, los más dulces y los más amargos.
Al regresar a la superficie descubrieron que el mundo estaba ciego y vacío. Y las miradas que miraban no volverían a mirar sin verlo todo.
Sigo esperando
Sigo esperando en mi cabeza el agua. Tiene que venir, a grandes bocanadas, tal vez como pequeño riachuelo que me lleve a otros mares, a otras aguas.
Sigo esperando en mi cabeza el agua. Esa agua pura y limpia que se lleve las cosas que la enferman, y que la matan. Esa agua de cascada, que siempre se renueva, que nunca es la misma, que refresca, que aligera, que eleva… que humedece en lágrimas también a veces, que entristece, pero que salva.
Sigo esperando en mi cabeza el agua. Esa agua que llena y que evita los dramas, que no se ancla en lo concreto, que aspira a la gloria, que ambiciona. Esa agua que no se puede agarrar, que se escapa entre los dedos, la no material. La que no calma la sed, sino que te obliga a beber.
Sigo esperando en mi cabeza el agua. Esa agua que aparece en las mareas altas, que azota las rocas, que desafía al viento, y que, después de su batalla, se va, se va muy dentro, y de ella solo queda la espuma y la hazaña de los hechos.
Esa agua inmortal que me enseña más y más. Esa agua infinita, esa agua que todo lo puede, ésa. Esas ramas de hilos de transparente líquido que anegan el mundo, que absorben los restos de las que se estancan y aparecen nuevas, bajando desde las montañas.
También sigo esperando que tú bajes desde las montañas.
Sigo esperando en mi cabeza el agua. Esa agua pura y limpia que se lleve las cosas que la enferman, y que la matan. Esa agua de cascada, que siempre se renueva, que nunca es la misma, que refresca, que aligera, que eleva… que humedece en lágrimas también a veces, que entristece, pero que salva.
Sigo esperando en mi cabeza el agua. Esa agua que llena y que evita los dramas, que no se ancla en lo concreto, que aspira a la gloria, que ambiciona. Esa agua que no se puede agarrar, que se escapa entre los dedos, la no material. La que no calma la sed, sino que te obliga a beber.
Sigo esperando en mi cabeza el agua. Esa agua que aparece en las mareas altas, que azota las rocas, que desafía al viento, y que, después de su batalla, se va, se va muy dentro, y de ella solo queda la espuma y la hazaña de los hechos.
Esa agua inmortal que me enseña más y más. Esa agua infinita, esa agua que todo lo puede, ésa. Esas ramas de hilos de transparente líquido que anegan el mundo, que absorben los restos de las que se estancan y aparecen nuevas, bajando desde las montañas.
También sigo esperando que tú bajes desde las montañas.
Soledades
La ciudad está sola, sola como lo están las calles de mi alma, de cada alma que se atreve a escuchar la soledad de la ciudad. Y el silencio. Y el ruido del compás, del tiritar, suave y recio al despertar en soledad.
La soledad… la soledad de las mañanas, del café frío, de las parejas observadas desde la ventana al calentar la taza, la soledad de los domingos, de la cama y los paseos, de las noches de escritura y de los sueños.
La ciudad está sola y yo paseo entre sus brazos, ante sus ojos, ante su mirada acusadora que reprueba mi andar melancólico, mi pensar bucólico ante tiempos pasados, perdidos. El retroceder de la memoria es insospechado ante la soledad de este murmullo apagado de media noche, pronto sonará la madrugada, llevándome lejos, viajándome a sitios que no existen, transportándome a recuerdos que he borrado del olvido.
Un ruido, como de una puerta que se abre, quiere colarse entre estas calles, y el viento sopla denso unos segundos y después… silencio, se va, se aparta, se abate. Se abate como me abato ante esta negra noche oscura que es mi alma, y mi boca, y mis manos.
Entonces empiezo a mirarlo todo, pero a mirarlo de verdad, y descubro que hasta entonces no había visto, solo mirado, mirado sin ver las cosas de verdad. Empiezo ahora, y nunca es tarde. Y aun así siento que sí, que ya es tarde, es demasiado tardía esta ansia por descubrir lo que se esconde debajo de las cosas, pero yo miro con ávida ansiedad, con lucidez, con cansancio también. Miro y miro y empiezo a ver. Y los arboles aparecen ante mi por primera vez, como estas calles, como este viento, mirando el aire, mi tormento, como estas manos y estos ojos y estos labios, como esta ciudad, como esta soledad…
Y miro por primera vez mi soledad, y la contemplo. Es hermosa, y está fría. Es algo pequeño pero inunda, la parte de un todo, y el todo es la parte. Soledad, soledad, soledad, y nada más. Entonces empiezo a ver a gente que camina por la calle, que ha salido a contemplar lo que la noche les revele, pero pronto aprecio que no, que no son gente como yo, porque van hablando, y son varios, y yo, una, solo una, que contempla en silencio las cosas, porque quiere verlas de verdad.
He visto de verdad mi soledad.
La soledad… la soledad de las mañanas, del café frío, de las parejas observadas desde la ventana al calentar la taza, la soledad de los domingos, de la cama y los paseos, de las noches de escritura y de los sueños.
La ciudad está sola y yo paseo entre sus brazos, ante sus ojos, ante su mirada acusadora que reprueba mi andar melancólico, mi pensar bucólico ante tiempos pasados, perdidos. El retroceder de la memoria es insospechado ante la soledad de este murmullo apagado de media noche, pronto sonará la madrugada, llevándome lejos, viajándome a sitios que no existen, transportándome a recuerdos que he borrado del olvido.
Un ruido, como de una puerta que se abre, quiere colarse entre estas calles, y el viento sopla denso unos segundos y después… silencio, se va, se aparta, se abate. Se abate como me abato ante esta negra noche oscura que es mi alma, y mi boca, y mis manos.
Entonces empiezo a mirarlo todo, pero a mirarlo de verdad, y descubro que hasta entonces no había visto, solo mirado, mirado sin ver las cosas de verdad. Empiezo ahora, y nunca es tarde. Y aun así siento que sí, que ya es tarde, es demasiado tardía esta ansia por descubrir lo que se esconde debajo de las cosas, pero yo miro con ávida ansiedad, con lucidez, con cansancio también. Miro y miro y empiezo a ver. Y los arboles aparecen ante mi por primera vez, como estas calles, como este viento, mirando el aire, mi tormento, como estas manos y estos ojos y estos labios, como esta ciudad, como esta soledad…
Y miro por primera vez mi soledad, y la contemplo. Es hermosa, y está fría. Es algo pequeño pero inunda, la parte de un todo, y el todo es la parte. Soledad, soledad, soledad, y nada más. Entonces empiezo a ver a gente que camina por la calle, que ha salido a contemplar lo que la noche les revele, pero pronto aprecio que no, que no son gente como yo, porque van hablando, y son varios, y yo, una, solo una, que contempla en silencio las cosas, porque quiere verlas de verdad.
He visto de verdad mi soledad.
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