miércoles, 25 de diciembre de 2013

Carne es asesinato

No soporto más este sonido. Esta estridencia incontenida. Este ruido incontenible. Y esos ojos ciegos… me miran directamente, lo noto, lo sé. Me está transmitiendo su sufrimiento. Me relata su tortura interminable a través de ese silencio. El silencio de la muerte.

En el centro de la mesa, protagonista absoluto de la noche. Las miradas girarán en torno suyo. Los comentarios elogiosos le atravesarán de extremo a extremo. Los piropos serán arrojados sobre su cuerpo inerte, cocinado y muerto. Pero nadie pensará realmente en él. Nadie se preocupará, en verdad, por él. Nadie se preguntará qué le ha sucedido hasta terminar en esta mesa. Nadie se planteará si es correcto que una vida termine en sus bocas. Nadie se cuestionará si aquella vida tendida en sus platos merecía ser vivida. Porque esa vida no alzará la voz para defender su causa. Y quien no habla no existe.

No soporto más este espectáculo grotesco. Imagen parecida a un campo de batalla tras la lucha ya finalizada, cadáveres desperdigados por todas partes: miembros sueltos. Nada en toda la mesa que no lleve escrita la palabra ASESINATO.

De pronto, interrumpiendo la velada, se presenta ante mis ojos la evidencia más clara: el contenido viril que significa comer carne. Un hombre disfrutando con la cabeza de mi compañero en su plato. Un hombre desollando el cráneo, en busca del cerebro. Luego pasa a la lengua. Lo muestra a los presentes, como un trofeo, como una prueba de virilidad a superar: “no quedarán más que los huesos, lo prometo”. Se lo enseña a su hija, le ofrece un trozo del cerebro. La niña lo rechaza con gesto de espanto y de asco. El padre se ríe, la mira como quien mira a un ser endeble y débil, y se gira, confiado, hacia su primogénito. El niño asiente, come el cerebro, se regodea. Es sin duda un macho, la sociedad ya puede reconocerlo: es un hombre de verdad, se ha comido el cerebro de un animal muerto. Aunque no le guste, no lo dirá. Y entre comentario y gesto, le transmite a los pequeños que comer carne es ético.

No soporto más este sonido. Esta estridencia incontenida. Este ruido incontenible. Y esos ojos ciegos… me miran. Lo sé. Lo sé, lo siento. Soy cómplice de este asesinato, de este espectáculo sádico, cínico y grotesco. Lo sé. No hay necesidad de esto.
Aquí estás, compañero. Tendido ante mí, muerto. Sin que yo haya podido hacer nada por remediarlo, por resolverlo.

Y una daga helada me atraviesa el corazón cuando pienso en las miles y miles de vidas que acabarán como tú, que sufrirán como tú. En vuestros campos de tortura indescriptibles.

Seréis una vez más los protagonistas de la noche sin que nadie os atienda, sin que nadie os escuche.
Una lágrima resbala por mi cara en el primer bocado. Quiero escupir. Quiero vomitar toda la carne que he tragado.

sábado, 7 de diciembre de 2013

Hueco de insomnia

Invoco tu olor en mi esfuerzo mental.
Apenas consigo encontrarlo

Cuatro.
Son cuatro sin ti.

El silencio es absoluto.
La tensión acumulada es ya definitiva.
Si gimo la romperé
querré rasgarla con mi voz estructurada
apresarla entre mis manos…
Que se vaya.

Pero vuelve, se organiza, se expande.
Cae polvo en tu piano y en mis huesos
torcidos por abrazar a una sombra.

Invoco tu olor en mi esfuerzo mental.

Cuatro.
Cuatro meses sin ti.

Ya no sé
si eres tú el que se ha ido
o soy yo la que ha huido descalza de este cuerpo

furtiva tras tus huellas.

Yo soy todos los nombres de la historia

Me desdibujo sin remedio.

Sabéis que habéis cantado la última alabanza.
La loca me persigue, y ya está aquí.
Miradle los ojos.
Saboreadle las pestañas.

Teme encontrarse con su sombra
en este errar descarrilado por su vientre

Yo era algo infinitamente pequeño,
indescriptiblemente real
leal,
lo más sincero…

pero se ha deshecho el lado puro de las cosas
y solo queda la baba viscosa que se retuerce
se desliza entre mis arrabales y las cunetas
y los cementerios llenos llenos de todas las muertes
como la mía. Como esta dulce muerte mía

Que venga
que venga ya la noche
y que me ahorque

Me desdibujo sin remedio.

Sabéis que soy blanca,
poeta derrumbada en madrugada.
Traedme los sentimientos más sucios:
yo los convertiré en mi espectáculo,
yo los transformaré en mi habitáculo,
un lugar donde morar sin sombra.

Traedme los lugares más despreciables:
yo los haré mi piel.

No seré más que una masa amorfa,
un abismo que todas las tristezas se traga,
que todos los dramas recoge
y los guarda para sí,
y los hace suyos.

Yo me levantaré de mis cadáveres
y estrecharé entre mis brazos los fracasos
los colgaré de la pared junto a mi cuerpo.
Recorrerán las cucarachas mi sabor eterno.

Mi olor putrefacto inundará el mundo.

No quiero volver a ver la luz
me ciega la luz de la oscuridad inmediata

Volveré entre mis espinas a bañarme
y sangraré este liquido azulado por las venas

Correrá en las mañanas el tiempo a borbotones
y la loca
no podrá marcharse de sus dientes.

Miradla colmada de lirios inconclusos
de nubes arrancadas
de versos impolutos

¡Miradla!
Si tenéis valor…
¡Miradla!

Será la última vez
que se asome a la vida

sin suplicarle venganza.

sábado, 23 de noviembre de 2013

Los días raros

Tendré el corazón dividido. Como un mapa deshecho entre la lluvia. Como una cara astillada por el frío y por la bruma. Tendré el corazón siempre dividido. Fragmentado como la existencia de mi ser deviniendo en la intemperie del tiempo. En lo más descubierto. Al raso.
Tendré el corazón dividido y desconchado, como la pared de ese sitio seguro que se va devastando. Como una temporada larga sin sexo ni lenguaje.  Como un espacio lento y cierto sin cubrir, sin tapar, sin ocultar, escondido apenas por un par de manos distraídas que se miran.
Tendré el corazón siempre dividido y lleno de cicatrices, de mil y una cicatrices, de todas las heridas de una vida que pasa sin pena aparente y sin graves incidentes. Como las guerras que libran las personas que no tienen en su vida grandes dramas.
Tendré el corazón y el cuerpo destartalados, desmontados, viviendo caóticos entre un frío tan indescriptible que se me congelan las palabras en el intento más humilde. Y habré de confesar algún día. Y habré de reconocerme a mí misma… que los versos no siempre curan y las palabras no son de todas. Que a veces la poesía no arranca ni llega ni alcanza a expresar los estallidos, y se queda corta, y me recorta el alma las ganas las esperanzas y todas todas mis hazañas. Y no puede, sedienta como está, sedienta como es ella, beberse a tragos las rimas más amargas y más desesperadas, y acompasará sus despertares con andanzas, con lágrimas que sangran, que manchan la pared, y el suelo y los dedos se los mancha cuando se masturba a solas, sin nadie a quien querer, sin nadie a quien leer sus versos, sin nadie a quien escribir, y escribe a las palabras. A las palabras que le van dejando sola.
Escribo frenéticamente a ese corazón descontrolado, a ese corazón des-corazonado, que ha olvidado que ya existe, que no recuerda nunca más existir ni respirar. Y tal vez esa dictadura del pensamiento, ese dominio de la razón, ha tratado de aniquilar para siempre los sentimientos más profundos y desconocidos, los que jamás se dirían a nadie, los que la poesía no quiere ni oír.
Pero esos sentimientos solo pueden volar y fluir y se extienden como una baba negra por el alma del poeta. Y no hay dios por filósofo que sea que los pueda hundir. Y ahora bien, si la palabra es poema, si el poema es rabia y la rabia careta. Si la careta es tuya y mi rostro un puzle sin piezas…
Querrás decir tal vez que ya no tengo nombre.
Querrás decir tal vez que he olvidado escribir, que mis palabras no sirven, que el mar de mis entrañas está subiendo mi marea, y solo puedo nadar

Nadar o ahogarme hasta que amanezca.
La rabia del poema me llama. La furia del poema me sigue. Yo no dije que quisiera estar aquí, anclada, muerta de furia y rabia, bebiendo a sorbos las palabras que todavía no he aniquilado ni engullido, las pocas fuerzas que me quedan.
Yo no dije que quisiera esta condena.
La rabia del poema me llama. Vendrás tú a buscarme, al campo devastado de arenas movedizas que me tragan. Al amargo sabor del fango. Y has perdido las palabras y el motivo. Y has corrido por la boca y por tus siglos. Y no has encontrado una razón implacable a la que agarrarte. Pero el tiempo te empuja y te obliga a seguir y a vivir o a quedarte allí tirada, y sabes que nadie jamás ira a buscarte.
Es el apremio de una vida demasiado rápida para vivirla. Es lo que nos ha tocado vivir. Es lo que nos queda. Retroceder ya es imposible y dormirse es morir.
Clama a la noche, esa dulce compañera
Donde todo parece que termina
Donde la ciudad se reconduce
Clama al sueño
A que nadie despierte
Yo solo quiero silencio
Y paz y luna y tiempo y noche
Yo solo quiero silencio
Para escribir a solas
Para no odiarme

Para encontrarme.

El fin de lo infinito

Un rostro que pesa
Un aliento que estalla
Y ya.
Las paredes eran frías y ahora son
Como cadenas enroscadas en la piel de la garganta.

Un silencio absorto
Un silencio de nieve
Y ya.

El último halo de vida
La última lágrima descarnada
El último llanto enmarañado

El último verso que gime
Antes de acabar de morir entre mis dientes


Y ya.

martes, 19 de noviembre de 2013

Votando, pero en un sistema patriarcal

Hoy hace 80 años que las mujeres conseguimos el derecho al voto en España. 
El voto fue una de las primeras luchas que las feminsitas llevaron a cabo, y lo consiguieron, junto a la promesa de un gran cambio.

Pero el feminismo no se agotó ahí. El feminismo tomó la tarea de llevar al ámbito público las opresiones que se consideraban privadas. Las hizo políticas. Llevó al terreno social y político esos temas que nos afectan a nosotras, las mujeres, por emerger desde que nacemos en una categoría oprimida.

Hay un pensamiento extendido, un pensamiento ignorante y nocivo: que el feminismo está pasado de moda.

Pero las que sufrimos la violencia y la opresión de vivir en una sociedad heteropatriarcal sabemos que esto no es cierto. Sabemos que queda mucho camino por delante, muchas luchas abiertas. Algunas se comenzaron hace siglos, pero en pleno s. XXI seguimos aquí, en la trinchera, luchando por esos mismos derechos. Por el derecho al aborto. Por el derecho a decidir sobre nuestra propia vida. Entre tantos y tantos otros derechos que hoy todavía no se nos reconocen. Lo cual es simplemente vergonzoso.

Hoy hace 80 años que pudimos votar. Pero seguimos sufriendo el machismo cotidiano.
Hoy podemos votar. Pero seguimos muriendo por el terrorismo machista. 
Hoy podemos votar. Pero seguimos siendo acosadas en nuestros trabajos, y agredidas verbalmente en la calle, en los bares. Nos siguen educando en la cultura de la violación. Seguimos pasando miedo por la calle cuando volvemos a casa. 
Hoy podemos votar. Pero todos los días sufrimos sexismo. Todos los días se nos impone el ideal de belleza y el modelo de "mujer verdadera" que tenemos que ser: en nuestra educación, en las series televisivas, en la publicidad...
Hoy podemos votar. Pero no nos enseñan a hablar ni a tomar el espacio público, si no a quedarnos calladas, a sentir que nuestra opinión no es válida, no es lo suficientemente importante para ser escuchada. 
Hoy podemos votar. Pero nos siguen educando para hacernos creer que nuestro máximo logro vital será casarnos con un hombre y tener hijos. De lo contrario, estaremos vacías.

Hoy podemos votar. Estudiar. Trabajar. Conducir. Fumar. Hay quien piensa que así se consiguió esa famosa "igualdad", que ya no tenemos nada más que pedir, que partimos de una estructura justa. Pero sabemos que esto no es verdad. Lo notamos en nuestro cuerpo, en nuestra piel, en nuestras heridas... día tras día.

Hoy podemos votar. Pero la lucha sigue. Todos los días. Es el legado que nos dejaron las mujeres que lucharon por el voto femenino en España. Y el feminismo es el espacio desde el que poder llevarla a cabo.