viernes, 5 de junio de 2015

Mi yo disociado de mi yo



El calor se derrama por mi piel como un ave muerta al filo del nido. Desterrada. Hundida. Herida. La sangre marca mi camino pero no quiero que me sigan, no quiero que me sigan. Borro el rastro con mi lengua, lamiendo el hierro de mis venas. No sabe a nada. Estoy muerta.

El calor se desborda por mis poros como agua latiendo en el centro de la piedra. Estoy en el exilio. El lugar destinado a los cuerpos sin control, a las mentes inválidas. In-válida. Así me he sabido toda mi vida. Inútil. In-útil.

La validez se mide por actos de habla y la utilidad, por el grado de autocontrol. Pero yo lo sé ahora. Yo lo aprendo ahora.

¡Yo! Que he devastado campos llenos de lirios que me acariciaban sin herirme. He quemado hasta el último pétalo cuidadosamente enroscado entre la rama más fina del árbol con más sombra para mí. El amor de una madre. El único que existe.

¡Yo! Que he arrasado ciudades que se construyeron con la ayuda de mis sueños más secretos, en cooperación constante por una vida mejor. Midiendo  cada muro que nos defendiera del resto del planeta. Pero la muralla no me rodeó a mí misma: ella se abrasó en mí, y yo no pude, no fui capaz de salvarme de mí.

La ciudad, abandonada. La ciudad abandonada y sola. Siendo el alimento de las llamas que produje en mi abismarme, en mi recortarme, en mi implosionarme, en el estallido de las palabras fantasma, de la voz enloquecida, de los gestos severos.

¡Yo! Que en cada fogonazo, que en cada disparo, que en cada explosión y cada incendio incontrolado, noto cómo todas las partículas de mi cuerpo: las membranas, la saliva, y los huesos; las uñas, los dientes, cada uno de mis cabellos; los músculos, mis labios, mi clítoris; mis venas, mis ojos, sus cuencas;  tira a tira los centímetros de mi piel; mi lengua, mis riñones, mis pulmones; mi estómago, mis pliegues, mis ovarios… Todo mi cuerpo se desintegra en un estallido lento y doloroso, que me va separando de mí, que me va desterrando de la imagen de mí que yo amo.

La imagen que me devora. La imagen que me repugna. La imagen que me devuelve mis recurrentes planes de suicidio. Que me augura un final, un eclipse total. Vuelve: vuelve al otro lado del espejo. Y los rostros que yo amo devienen pánico de esa imagen que no amo. Me persigue. Sigue el rastro.  Huele mi sangre borrada en el exilio. Corre. Yo intento correr, más rápido. Las piernas se me doblan. Ya casi me alcanza. Las piernas se me doblan. Están hechas de un material endeble, blando y mojado como mis labios cuando me masturbo. Escurridizo como los relojes de Dalí, como un orgasmo que se cuela antes de tiempo.

Pero sigo. Intento seguir. Porque no hacerlo es causar el terremoto, el seísmo mortal. Me arrastro con las manos. Las heridas son graves. Los daños, irreversibles. ¡Pero que me arrastro con las manos! ¡Que quiero huir de ese cadáver incendiado! Que me persigue. Me busca. Quiere encontrarme. Quiere atravesarme el cuerpo, robarme la voz. Situarme como causa originaria de toda la tristeza. De toda la violencia del planeta.

Mi huida es penosa, es patética. Una imagen devorada, como un habitante de la calle desplomado, muerto por su propia hambre.

La huida es ridícula, es mortal. Pero la huida es vital.

El calor se derrama por mi piel como un ave muerta al filo del nido. Dividida. Separada. Mi yo inconfundible se disocia de mi yo diluido. Atragantado en la maleza. La trinchera no fue construida para defenderse de quien ella habite. Una nueva sacudida. Los dientes se me clavan en las manos. Mis piernas son estropajo mojado. Desintegrado. Mis fragmentos ruedan por el borde.

viernes, 15 de mayo de 2015

La masa

Qué es esta masa densa y pegajosa.

Mis lágrimas
expulsadas por mis vértebras
devienen hierro y me pesan

van desollando mi existencia.

Qué es esta densidad sin nombre
que ha inundado mi vida
engullendo todo lo que tenía.

Quiero que me lo devuelva
quiero que vomite
hasta la última visita a aquella casa
hasta la tarde más desaprovechada
hasta la última película sin final.

Qué es esta masa gris,
caliente,
a veces helada a veces tibia.

Qué es esta mezcolanza inerte

de lo imprevisible.

Dejadme llorar
hasta que mis lágrimas curven mis huesos.

Dejadme sola.

Yo me desangro en llanto

bailando sobre las cenizas que quedan de mis sueños
como una loca
que intenta devorarse a sí misma
apresando la lluvia entre sus dedos.

jueves, 30 de abril de 2015

Mudando de piel a tiras

A veces, cuando duermes
refugiada entre tus párpados sellados
mudo de piel
callando los días
y me deslizo por tu venas.

Se me dibujan pecas en los hombros
y lágrimas en mis pupilas

que ya son mar,
que ya son tierra.

Mis labios se vuelven gruesos
y pierdo el miedo a decir no,
a expresar en voz alta lo que siento.

Crezco en altura,
en nobleza
y en valor.

Me voy volviendo tú, de poco en poco
mientras me cuelo por tus sueños.

Dentro de mí,
de pronto,
me laten tus heridas.

Dentro de mí,
de pronto,
me crecen las espinas.

Y el hielo que te envuelve
se funde en tus entrañas
y los dientes
cerrados fuerte
atentos al combate,
obligan a tus labios a estirarse

y a estirarse, y a estirarse

en esa sonrisa de ojos que alarga la vida.

A veces, cuando duermes,
refugiada tras tus párpados
mudo de piel,
recojo tus temores y tus llantos,
me bebo tus lágrimas,
me pongo cicatrices
que se borran de ti
y anego el dolor que te causan los días.

Me como las agujas que te inyectan
las tormentas más frías

y te lamo con amor cualquier herida.

lunes, 6 de abril de 2015



Allá donde me pienso
aparece tu rostro
tallado en el abismo del futuro
donde todo es posible.

Allá donde me pienso
desnuda, herida
en lo más vulnerable
andando caminos
sin saber su destino
tú siempre me lates

Tu respiración tranquila
enredada entre las sábanas
me susurra la certeza
de seguir la lucha.

Allá donde me pienso
tus pecas me acompañan
haciéndome invencible
en las mejores batallas.

Tu ternura
me abre al mundo y su aventura

viernes, 20 de febrero de 2015

Llorar
como extraer por los ojos
todos los jugos de las entrañas.
Midiendo sin límite el tiempo
ya no me quedan días
se me han restado momentos.

He cavado lentamente
un desierto hielo
que ya se extiende,
que ya se extiende.
Me convierto en la arena yerma
me deslizo entre los dedos
y sin quererlo
mi cabeza se me desprende por el útero.
He renunciado a la leche materna
de la despedida
al dulce jugo del abrazo
porque mi yo se fragmenta
en miles de cuervos tuertos espantados.
Extraño mi cuerpo desnudo
delante del espejo.
Me deseo otra.
Y me contemplo, caleidoscópica
sin trueno,
sin sangre,
sin tiempo.
Qué me están diciendo mis pulmones
en este esfuerzo sobrehumano al respirar.
Qué me están diciendo
unas piernas que no me sostienen
unos ojos que me saltan a las manos
están viscosos,
están calientes
como tu cuerpo sobre tu cuerpo y el mío
como los cuerpos cuando hacen el amor
pero mis pupilas
hacen la guerra.
Yo sé que mi vida
debe cambiar
como una herida desbordada por mi sangre.

martes, 17 de febrero de 2015

La distancia en verso

Destierra el hielo de mis párpados mojados
como una lluvia fina de cristales
que van cortando las semillas de mis males
mientras ratas se me mezclan
dentro de mi sangre.

Tu recuerdo es una sombra
lejana, pero real
¿real? como la nada que en mí habita.

Quisiera salvar esta distancia
comiéndome los dientes y los dedos
vomitando mis entrañas
quemando el velo.

Tengo la fuerza del amor pulverizado,
esparcida entre la rabia del poema.

Dónde encontrar esa palabra
que me devore por dentro,
que me salve.

Si no puedo nombrar la distancia
lo que queda es la ausencia.

Un hueco mudo entre amapolas
que recorre las calles antes nuestras.

Ven, aunque sea sin venir.
Me pides que vaya, sin ir.

Cómo hacer que coincidan nuestros cuerpos
en un espacio prolongado y cierto,
de cortafuegos.

Si me lo pides,
me arrojo al bosque
buscando hormigas más fuertes que yo.

Si me lo pides,
me arrojo a la maleza
aprendiendo de los animales que se esconden
y esperan, y esperan...

Te espero,
en el vacío de lo no comprendido
en la diferencia no salvada
en el diálogo mudo.

Te espero,
siempre en la roca
doblada sobre el agua en verso.

Te espero,
imaginando tu rostro entre palabras,
recobrando fuerzas.

Te escribo.
Si yo no escribo no existo,
igual que sin ti no existen los leones.

jueves, 5 de febrero de 2015



Voy comprendiendo el poder de la sororidad, y la potencia que envuelven las miradas que se tejen en la relación entre mujeres. El halo de comprensión e intimidad que se dibuja conforme brotan las palabras en las conversaciones intensas, sinceras. Observo detenidamente a las mujeres que me rodean. Hemos decidido encontrarnos entre cervezas. No hacen falta apenas explicaciones, no son necesarias largas introducciones… en seguida estamos nadando en lo más profundo de la que habla, y contemplo la atención indescriptible de quien escucha. Una bajada de párpados, un gesto torcido en la comisura de sus labios, un dedo de la mano que se adelanta, buscando esa mano que tiembla. Se conmueve como se conmueven las gargantas, y brotan las lágrimas. Las dos que escuchan se miran, conscientes del lugar por el que están nadando, cuidando todo ese adentro desplegado encima de la mesa. Nadie quiere moverse. Solo continuar conociendo, aprendiendo de la otra. Los ceños se fruncen y las entrañas arden. Comienza a despegarse la sangre de las venas, y hormigas nos recorren mordiendo.  Hemos creado un espacio seguro, cálido, inquebrantable. Es tan sencillo y tan complejo al mismo tiempo… No sé explicarlo: nos entendemos.