sábado, 24 de septiembre de 2011

Aniversario

Hemos vuelto, un año después. Hemos regresado a este lugar de paredes de piedra fría, fría y húmeda, como el ambiente que se respira, como los corazones que lo habitan. Y todo está muy mojado, como el agua sobre el agua, como la lluvia sobre el mar, y sé en cuanto cruzamos la puerta del umbral, que jamás se secará, que jamás se secará.
Avanzo ahora entre los bancos de madera, que se quejan bajo el peso que soportan. Cruje la madera vieja como escucho que crujen las lágrimas entre los dientes al morderlas, por no derramarlas con los ojos, por no revivirlas. Porque llorar ahora, tras un año, mostraría recrearse en el pasado, mostraría no quererlas.
Tomo asiento a la derecha, delante de aquella tarima ornamentada con un grandilocuente retablo, y miro a los bancos de la izquierda, los que soportaron mi peso y mis lágrimas, aquella vez sí, cayendo hace casi un año. Miro al suelo por si todavía hubiese restos del naufragio. Miro alrededor por si quedase solamente algo.
Entonces fijo la vista en las escaleras del altar, donde hacía un año descansaba él en una caja, y veo el ataúd como si pudiese tocarlo. Encima flores, muchos centros de flores con frases prediseñadas para nadie en concreto, allí, encima de él, tratando de referirse a una individualidad que no puede captar.
Bajo la vista hacia mi mano derecha y sin quererlo la cierro, apretando el puño fuerte, lento, y al cerrar los ojos siento que tengo en ella aquel poema que escribí y no pude leer hace un año. Ahora sí, ahora podría, porque las lágrimas se desmenuzan entre mis dientes y no me impiden hablar, pero no quiero, no quiero decir nada, este momento no tiene sentido, está vacío, tan vacío como la piedra húmeda y fría de esta iglesia.
No hay tanta gente como hace un año. Recuerdo los bancos abarrotados y gente de pie, al fondo. Ahora no. Tras un año solo queda la verdad. Tras el paso del tiempo lo que queda es lo que permanecerá siempre. Y lo que se ha ido nunca ha estado. Nunca. Nunca. Como toda la gente desconocida que vino hace un año y no recuerda la fecha, el sufrimiento, la daga atravesando el centro del cuerpo, desmigajando poco a poco la inocencia, ahogando con el peso de la inexistencia. Y ahora solo siento yo esa daga todavía.
Qué falso, qué vacío, qué sinsentido este momento. Cuanta nada, cuanta nada alrededor. Un año, solo un año. Un año ya, para quien no siente este mismo veneno que todavía corre por mis venas, que fluirá siempre por ellas. Un año, con cada insoportable día correspondiente. Un año. ¡Y por qué ya no hay lágrimas!
¿Acaso un año es suficiente? ¿Acaso un año ya es bastante? No, nunca, nunca. Nunca se superan las emociones. Este dolor me perseguirá siempre. Esta ausencia me pesará siempre. Y estas lágrimas no he de morderlas, no he de guardarlas entre los dientes, porque correrán por mis ojos y mi cara y mi frente hasta que muera, hasta que no haya más aire.
Ahora empieza esa voz ampliada por micrófonos, y ya habla de nada, y ya repite simplemente palabras. Y cuando acabe aquel inanimado discurso, discurso inhumano, se habrá acabado. Las cabezas agachadas por respeto se levantarán, y admirarán el nuevo día, y darán gracias por seguir con vida. Las sonrisas se pronunciaran en los labios como si las lágrimas no las hubiesen aguantado, y el nudo de la garganta se disipará, y la tristeza del estómago se disolverá, y la memoria preferirá no recordar.
Ah, qué falso este momento, qué innecesario este encuentro. Yo solo quiero volar, volar, al cielo donde dicen que él está, que él descansa ya, y yo sé que no es verdad. El yayo no está en el cielo, el yayo está en Moncayo y yo lo quiero buscar, allí, entre mares de montañas y olas de chordón, entre espuma de almendras y pantanos de setas. Quiero huir de estas paredes de piedra, de esta casa que a todos acoge menos a mí, a mí no me quiere. Ni yo a ella.
Que se calle la nada que habla, que se apague el sonido de estas campanadas. Que dejen de fingir los actores que simulan que quieren la muerte para sí. La muerte está en mí, solo en mí, siempre en mí.
Malas fechas se aproximan. El aniversario de una pérdida es como una nueva pérdida de una misma. Como aprender de nuevo a tener que seguir. Como recordar que el yayo no puede venir. Como volver a escuchar que se aleja se aquí. Como asumir que es verdad que no se puede asumir.

No habrá de venir el viento

No habrá de venir el viento,
No habrá de venir.
Me ahoga el calor aquí,
Y me pesa el aliento,
Y busco un cuchillo
Que me lleve a los cielos.
Un corte profundo

De espíritu,
Solo,
De espíritu adentro.

No habrá de venir el viento,
No habrá de venir.
No llegará nadie a tiempo
Para ver las cosas en sí,
Para ver las cosas así.

No habrá quien me salve,
Ni habrá quien me entienda.
Si estas palabras sabe
Que corra y no vuelva.
¡Que se aleje de mí!
Para que yo no me acerque,
Para que yo no me sienta.

¡Que yo no creo en Dios!
Solo en dos
Manos, en las mías
Que han hecho todo solas,
Que han trazado esta vía
Y superado el dolor
Y roto el corazón.

No habrá de venir el viento,
No habrá de venir.
Y todo queda quieto,
Imposible de morir.
El sol declina,
La luz se deshace entre ceniza
Y no puedo evitar pensar
En el tiempo que camina.

Se agota, se extingue
Y hay tanto por hacer
Y hay tanto por hacer
Que me ahogo pensando
Que el viento no viene
Y moverme me hace daño.

No hay paz

No hay paz, ya no hay paz, nunca hay paz.
La guerra se ha instaurado para siempre en estas fechas,
En estas letras que ya avanzan
Difuminando
La arena seca del Moncayo.

Y ahora entre trincheras
¿Cómo hay que seguir?
Y ahora entre escopetas
¿Cómo no morir?

El cielo verde lo avisaba claro
Y empieza a llover fuerte
En este lado
De la montaña y de la vida
Que ha dejado.

Aquí, aquí
La guerra mata a cada paso.
Es una guerra distinta,
Es una guerra sin tacto.
Pero es la guerra del alma
De las lágrimas y del fracaso.

No hay paz, ya no hay paz, nunca hay paz.
En las noches siempre guerra
En los días siempre alerta
Batalla continua que nunca amortigua
El dolor que se intensifica
Más
Y más
Y más
Habrá de matarme pronto,
Habrá de matarme algún día.

El espejo me revela
Que soy un solado,
Un simple soldado
Con su uniforme y su casco
Que intenta y no puede
Jugar a que vuelve
De las filas, a que escapa
De las minas y las municiones.

Y ahora estalla una bomba
En el centro de mi alma
Y luego otra en la memoria,
Y luego nada,
Y luego nada.

Mi cuerpo está disperso
Entre estas aguas,
Mi vida y su fracaso exento
Del jardín de toda alma.
No merezco nada.

Sangra el alma

Sangra el alma,
Ríe el agua,
Come el aire
Nueva plata.

Sangra el alma
Y la luna mira
El líquido que derrama.

Sangra el alma
Y hace historia
De su vida, de su gloria
Y no hay ninguna
Solo hay pena
De la herida abierta
Que desagua.

Sangra el alma,
Muerde el viento,
Toca el aliento
La fina palabra
Que se come las llagas
Que se traga las ratas
Y la nada,
Y la nada.

Sangra el alma
Que dibuja
Su memoria
De escarlata.

martes, 20 de septiembre de 2011

De la inocencia

Miro las caras nuevas, los ojos no brillantes de sabiduría, sino relucientes de ignorancia, los gestos torpes, improvisados, los pasos de duda, las sonrisas todavía no veladas, las ganas aún no obviadas… la inocencia. La inocencia vuestra que habéis traído no puede sino evaporarse con el tiempo, sumergirse entre los días que vendrán, sumarse a los recuerdos. La inocencia la perderéis, como muchas otras cosas, como la calma, el sosiego, la confianza y la esperanza, como la vida misma, la perderéis. He aquí el mayor don y el mayor castigo de la filosofía.
Partiendo de una inocencia clara y distinta para todos los que cruzan esa puerta, puede definirse la inocencia como ilusión por grandes términos como la vida o el amor en abstracto, o elementos precisos como una sonrisa o un viaje, mundano, cotidiano, concreto, inmanente. También hay inocencia e ilusión en lo inmanente. Perdón. Sobre todo hay inocencia e ilusión en lo inmanente.

Pero la inocencia se irá, se irá como se fue la nuestra, mejor dicho, como se fue la de aquellos que cruzaron conmigo esta puerta, porque yo la inocencia no la traía, no la tenía. Nunca quizá, he sentido la inocencia, el sabor de la ilusión de las cosas sencillas no lo había yo probado, o hacía que no lo probaba desde tiempos remotos, tiempos inmemoriales, si es acaso que hay tiempos así dentro de mi corta existencia.

En cualquier caso, está claro, la inocencia se va entre estas paredes, la inocencia se acaba donde empieza la filosofía.

Por eso aquel sediento de inocencia, y aquel que, como proeza, la conserva, corre y se apresura y perderá el aliento incluso por acercarse a ella, por sentirse en ella, por conocer a personas que todavía la conservan. Ah, durará poco, qué poco durará aquí la inocencia. E incluso, los que se acerquen con esperanza de recuperarla, corromperán aquella escasa.

Entonces es preciso contemplar qué hay detrás de esa inocencia contingente, contingente pero necesaria, he aquí la paradoja, ¿realmente necesaria? Sí, realmente necesaria.
Detrás de la inocencia hay dos caminos dentro de todo el orden de posibilidades. Tras la inocencia aguarda o bien un acercamiento a la realidad, o bien el vacío, el absoluto vacío. Me gusta pensar que pocos de los que pierden la inocencia al cruzar esta puerta sienten un vacío inescrutable, y se aferran a aquella dosis de realidad que más se haya adecuado con su propia subjetividad. Eso si su subjetividad no ha sido construida mediante esa dosis de realidad, en cuyo caso la elección es nula, todo impuesto, constituido en ellos mismos. Pero me gusta pensar también que las personas que cruzan esta puerta ofrecen resistencia a la construcción de subjetividades. Quién sabe. Quizá les juzgo valientes cuando solo son cobardes.

Ante mi inexistente inocencia yo encontré vacío, un vacío inescrutable, imperturbable, incomprensible, helado, frío, marchito, nada, nada, vacío. Y en el vacío vagué, y en la nada me acostumbré a ver, e intenté ser, intenté ser, hasta que descubrí que la única posibilidad de ser en el vacío es no ser, la única forma de sobrevivir es autodestruirse, devorarse a sí mismo, porque nada hay que te devore, nada hay a quien devorar, autodestrucción, inmolación constante, no ser, no ser nunca, no llegar a ser. Y entre los escombros se aprende a respirar, a sobrevivir, que ya es mucho, sin tratar de vivir de veras. Porque eso es lo que hace posible la inocencia, ¡la vida! Nada más que vivir posibilita, con la ilusión que ahora esos ojos todavía desprenden y sé que se apagará muy pronto.
Curiosa la pérdida de la inocencia. Mis ojos tiempo ha que dejaron atrás esos destellos de ilusión insoportable para quien los mira sin tenerlos en los suyos propios.
Pero entonces, al atravesar aquella puerta, no mi inocencia, que ya había perdido, sino mi vacío fue el que dejé atrás, el que abandoné, o que me abandonó, o que no pudo seguirme, o que quedó anclado a mitad de camino. Tal vez, tal vez, aquella entrada a estas paredes fue como adentrarme en un templo en el que el vacío tiene el acceso restringido, denegado, prohibido. Tal vez no hay sitio entre la filosofía para el vacío.
Y ahí, sin inocencia ni vacío ya, empezó a hacerme guiños el trazo de realidad, el otro camino posible cuando la inocencia se marcha lejos.
Así comprendí que mi camino era distinto que el resto, pero desembocaba al fin en un resultado unificado, y ése era el primer contacto con la realidad, con el mundo al que estábamos arrojados de forma irremediable, del que habíamos tratado de escapar, ellos con la inocencia, yo con el vacío.

Sin embargo tras este contacto con el mundo ante el que nos han arrojado aparece, aun a riesgo de parecer sartreano, la angustia. La dosis de realidad en verdad mata, aquel contacto que solo proporciona el cruce de esta puerta quita, desgarra, desolla, mutila, convirtiendo en algo cadavérico la ilusión, la paz, la esperanza, la alegría… la inocencia, las cosas más sencillas de la vida, las contingentes pero necesarias. ¿Realmente necesarias? Sí, realmente necesarias.
Necesarias para no sentir el peso de la vida y del mundo.

No sentirlo sería tal vez huir. Pero sentirlo es a veces tan insoportable que no tiene sentido sentirlo y no avanzar, la superación de la que muchos hablan se torna en ocasiones casi inaccesible y hace falta la inocencia, y hace falta la ilusión, aunque esto implique un rasgo de traición, de alienación incluso, de mentira, de artificio, es necesaria la inocencia para poder vivir el día a día. Sí, el día a día. Porque el vivir en abstracto se torna sencillo, reducimos tal vez el vivir al respirar, y el respirar es asombrosamente sencillo, y lo probamos, y así inspiramos, y después exhalamos… y otra vez. Pero el vivir en el día a día nos demuestra que respirar no es tan sencillo, y escuece, y duele, porque el aire entra de lleno a las heridas que nos hemos ido haciendo, y los pies pesan al andar, y sentimos calor, y después frío, y sentimos amor, y después odio, y pensamos a favor, y luego en contra, y corremos y nos agotamos y nos detenemos. Y el vivir día a día es casi morir.

Es necesaria por tanto la inocencia, que nos lleva, que no pesa, para que el vivir día a día pueda ser un efectivo vivir. Entonces habrá traición en nosotros mismos. Es fácil pensar esto. Sin embargo, solo habrá traición para los que no hayan cruzado esta puerta, los que no hayan tocado, vislumbrado el mundo al que se nos ha arrojado, sino que hayan vivido de forma constante en la inocencia, en la mentira y en la irrealidad. Quien haya cruzado esta puerta, quien haya visto su inocencia escurrirse entre los dedos, quien haya rozado guiños de realidad, podrá entender lo difícil que se le hace respirar, y será legítimo en él buscar una forma de evadirse, buscar un medio de cubrirse, de protegerse de esta misma realidad, sin ignorarla, sin obviarla. Quien haya visto el fondo de las cosas, el grado de profundidad suficiente, el lado poético de las situaciones tendrá derecho a refugiarse en la inocencia.
Lo difícil es, lo casi imposible es, encontrarla una vez perdida, adoptarla una vez asumida la realidad que se presenta como piedra helada de la que no puedes deshacerte ya. Lo legítimo no es tirar la piedra al río y olvidarla, es, de hecho, imposible. Lo legítimo es guardarla en el bolsillo y durante un tiempo no mirarla.
La piedra sin embargo sigue allí pesando, como recuerdo de lo que has descubierto y de lo que no habrás de librarte nunca.

Cómo refugiarse en la ignorancia perdida, cómo guardar la piedra en el bolsillo, es algo que no sé determinar como regla sistemática, y me limito a decir, simplemente, que mi inocencia es ella, que mi ilusión es ella, que quien guarda la piedra en mi bolsillo es ella, solo es ella, quien me convence de que para respirar solo hay que inspirar y que exhalar el aire que me presta.

lunes, 12 de septiembre de 2011

No sé qué tiene septiembre

Y ahora
Otra marcha,
Otra ausencia más.
Otra carga,
Otra histeria,
Otra enfermedad.

No sé qué tiene septiembre
Que todo se lleva, que todo se lleva
En torno al día que nací.

Se lo lleva el otoño todo.

El viento frío que retorna,
El blanco hilo que revuelve,
El fracaso rico que me envuelve
Llega siempre en septiembre.

No sé qué tiene septiembre
Que todo se lleva, que todo se lleva
Primero se llevó
El centro de mi vida
Y mi inocencia.
Tan pronto se llevó
La cordura de los días
Que ya no brilla en mi cabeza.
Más tarde se llevó
Al yayo
Que no vuelve
Y hace casi un año.

Y ahora septiembre te lleva a ti,
Primero a Alemania
Y después
Lejos de mí.

Me dedico a la autodestrucción

Hay un espacio vacío ocupando el centro de una habitación oscura. La muerte está apoyada en algo que no se ve. La niña está sentada y canta una canción sin letra allí en sus pies. La muerte la mira pasiva. La niña tiene en sus brazos un oso que los mira.

-¿No tienes miedo?- Le dice la muerte a la niña

La niña cesa su flamante melodía, sube la cabeza para contemplar a la muerte de forma directa.

-No
-¿Por qué no?
-Me dedico a la autodestrucción.

Y la niña sigue cantando, bajando la vista, contemplando sus manos. El oso escucha con la mirada perdida. La muerte fuma.
Aquella inquebrantable nada se posa en ellos, como motas de polvo que han volado por el espacio y se vienen a posar en un mueble antiguo olvidado. Descansan ahora en el hombro de la niña, en la cara de la muerte, en la oreja del oso.
Ha transcurrido mucho tiempo y no lo ha hecho. Han pasado los años pero no los minutos. Y la visión global no deja entrever los detalles. Y el resultado no se entiende.
El oso bosteza. La muerte tose. Un poco más de inquebrantable nada se adentra.

-¿Por qué?- Pregunta la muerte a la niña siguiendo la conversación, continuando la plática como si el espacio de silencio no la hubiese enmudecido nunca. Como si no hubiese distancia ni tiempo en medio.

-No lo sé. ¿Por qué no?

La melodía de la niña se ve interrumpida por la conversación, que vuelve a retomar después de dicha. Hace de repente demasiado calor. Y luego frío. Y luego calor. Y luego nada. Siempre nada.
¿Cuánto van a comprender al fin las palabras?
Un hecho insólito ocurre de repente, punto de inflexión, sorpresa inerme. La niña habla por vez primera sin que le pregunte la muerte.

-Tal y como yo lo veo, todos hemos de morir. Algo ha de destruirte. Destruyéndote a ti mismo sacas algo bueno de ti. Que te destruyan es distinto. Es como cuando llueve, como el agua que cae al agua. Innecesario. Es necesario autodestruirse, para morir, para morir. Para quitarte el privilegio de saber a ti. Tú no sabes cuándo voy a morir.

El oso mira a la muerte

-No
-Por eso podemos hablar. Yo me destruyo a mi misma. Es mi oficio. Soy dueña de seis años en los que me he dedicado a ello de forma exclusiva.

El oso asiente.

-¿Cuál es tu fin?
-No tengo fin. En lo que ya he destruido no puedo construir nada, de lo que queda por destruir no quedará nada. Al final no quedaré, no quedará nada de mí, ni las cenizas, ni el rastro de una existencia que fue, porque lo que importa es que ya no es porque ha elegido no ser. Quizá la destrucción sea una forma de creación, pero la autodestrucción no. No se puede volver al origen si no existe.

La niña le arranca una oreja al oso, y él le mira. Bosteza. Le arranca la otra. La gomaespuma de su adentro se dispersa entre la nada como volutas del bostezo alentado de desaliento.

-Ahora ya no oye- dice la muerte
-Pero lee nuestros labios.Porque yo lo he destruido, e intenta obviarlo, trata de reponer la falta de lo que le he quitado.

La niña se arranca una oreja. Tararea. Se arranca la otra. La sangre de su adentro se desliza por la nada como plumas de su melodía compuestas al vuelo. Sus ojos se cierran.

-No te oigo porque me he quitado las orejas, sino porque cierro los ojos. La destrucción es el intento de recomposición, la esperanza de una vuelta, la ilusión de un progreso que lleve al origen, de un retroceso que habrá de llegar. La autodestrucción es el hastío, la aceptación de un final que apresuras a llegar, el ansia de la nada, las ganas del vacío, la finitud del tiempo, el intento de lo obsoleto del camino, la obviedad del amor a lo desconocido.

La niña se despoja del oso, que intenta recomponer sus orejas y se las empieza a coser. La niña se pone de pie, al tiempo que continua su melodía sin letra y pisa sus orejas, esparciendo su sangre en la nada que le rodea. La niña está ya enfrente de la muerte que le mira. Saca un reloj de arena. Ninguna figura en él de ella. La niña le lee los labios de hueso que dicen:

-¿No tienes miedo?
-No
-¿Por qué no?
-Me dedico a la autodestrucción.

La muerte se limpia el polvo de la cara. El oso, cosidas ya sus dos orejas, se come las orejas de la niña que se sienta. La sangre le corre por las manos como mermelada de fresa.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Te quiero con locura

Te quiero con locura. Te quiero tanto que no sé cómo he llegado a quererte tanto. Pero te quiero de verdad, te quiero con locura. Te quiero como si mañana ya no te quisiese, te quiero como si nunca hubiese querido a nadie. Te quiero como si no supiera quererte.
Te quiero con locura. Y con todas mis fuerzas. Y con todas mis ganas. Y con toda mi alma. Te quiero tanto que tu ausencia me duele, que tu silencio me mata. Te quiero tanto que si cierro los ojos te veo, y tanto y tanto, que no duermo hasta que no me imagino que estás a mi lado.
Te quiero con locura. Te quiero con infinita ternura. Te quiero tanto que todavía me río de lo que ya nos reímos. Que todavía sonrío de lo que hemos vivido. Que todavía siento que me estremezco cuando dibujo tu cuerpo con mi cuerpo, tus labios con mis labios, tu mano con mis dedos.
Te quiero con locura. Te quiero tanto que te amo.
Y te amo con locura. Te amo tanto que te extraño.
Te quiero con tanta locura que empiezo a enloquecer ante tu marcha, y cada día te echo más de menos, tanto de menos, que no sé si puedo. Y entonces aún más te quiero.
Te quiero tanto, Sara, te quiero tanto, que si ni vuelves… que si no vuelves… nada me haría más daño.

Me salvas de mí

Me salvas de mí
Porque me sacas
De mí, de mis palabras.
Me salvas de mí
Porque alumbras
La sombra de mi alma.
Me salvas de mí
Porque tú eres,
Porque tú eres,
Todo lo que me falta
Y me hace falta.

Me salvas de mí,
Y si no estás
No tiene sentido
Escapar
Y empiezo a escribir,
Y luego me ahogo,
Y luego me estorbo,
Y me pierdo en mí,
Para siempre en mí,
Y de ahí no salgo.

Me salvas de mí,
Solo tú,
Me salvas de mí.
Pero no estás.
Y el espejo me devuelve
La mirada perdida
Y la sonrisa de escarcha,
Las palabras escritas
Y las voces que hablan.
El miedo a perderte,
El alma rasgada,
La sangre que corre,
La muerte,
la nada.

Vas conociendo lo más oscuro de mí

Vas conociendo lo peor de mí, lo más oscuro de mí, lo más extraño. Lo enajenado. Lo que me enajena y me da razón de vivir. Vas conociendo lo más oscuro de mí.
Me has dado la cura, la clave, para esta enfermedad sin nombre. Me has curado las heridas, los daños, el pasado, lo has borrado, lo has borrado. Y la ilusión me la devuelves, y lo malo lo disuelves, y hasta lo bueno, hasta lo más bueno aun lo engrandeces.
Pero todo tiende a volver, de una forma inexplicable, a su origen. Como un círculo, como un bucle, y al llegar al principio es como no haber avanzado, como no haberse movido del sitio. Y es frustrante. Y desgarrador. Y mortal, es mortal muchas veces.
Por eso aquí estoy de nuevo, en mi oscuridad aterradora, en el silencio de las palabras escritas, en el vacío de los poetas, en la soledad que necesito. La necesito y me condena. Es condición de posibilidad de mi existencia, y es inevitable motivo teleológico de mi lenta muerte negra. Y tú, mi amor, mi amada, mi única y eterna construcción de subjetividades buenas, estás tan lejos, estás tan lejos… y no llegas a tiempo. Te lo pediré mil veces, pero no podrás salvarme más de dos. Y te diré, desde el agónico quejido de los últimos momentos, que no vengas aquí, que no te acerques, que no te adentres, que no te metas… tú no te metas en agujeros negros. No te metas a mi agujero negro, a mí. No te metas a mí.
Y aún así lo sentiré al revés, y aún así querré que vengas, como única posibilidad de cambio, como exclusiva esperanza para una vida perdida.
Pero la dejaré pasar, la dejaré viajar, la veré, con un nudo en el alma, tomando un autobús que la lleve lejos, que la lleve al norte, donde no me ve, donde no me salva, donde no la condeno a esta sombra, a mi sombra.
Vas conociendo lo más oscuro de mí.
Tú no te metas en agujeros negros.
Cuando el tiempo se acabe, entonces, solo entonces, podrás venir a buscarme, porque no arrojarás nada a la nada, porque no perderás todo hacia el todo, porque no renunciarás a una luz que se consume en mí, a un fuego que se hiela en mí, en la oscuridad y el hielo, en mí.
Vas conociendo lo más oscuro de mí.
Pero tú no,
Tú no te metas en agujeros negros.
Con lo que yo te quiero…
¿Cómo voy a desear yo eso para ti?
Yo deseo para ti todo lo bueno,
Solo lo bueno,
Aunque sea sin mí.
Pero si crees que puedes salvarme,
Sin condenarte a ti.
Si piensas que ya no soy nadie,
Si piensas
Si piensas tan solo por un minuto
Que hay algo que hacer,
Que no todo se ha perdido todavía,
Que vas a volver,
Dentro de un año,
O de toda una vida,
Yo aguanto por ti
Yo espero por ti,
Y no me venzo,
Y no me muero,
Y no me rindo
Y no me meto
Nunca más
En mi agujero negro.

Pero solo si me salvas,
Pero solo si tú vuelves.

Porque si no vuelves no salgo de mí.

Vas conociendo, conociendo
Vas conociendo lo más oscuro de mí.

El velo

El velo de los ojos
Es oscuro, está pintado
Y deja ver… algo.
Ese hueco de la vida,
Ese vacío de los días
Que no se llena,
Que huele a ti.
Que no se acaba,
Que sabe a ti.
Que no nada,
Que no nada.

Esa ausencia destructiva
Con tu cara y tu palabra.

El velo de los ojos
Es oscuro, está pintado.
Y no me deja ver
Más
Que lo que no se puede ver,
Lo que no se quiere,
Porque destroza,
Porque aterra,
Porque exprime
Lo malo de las cosas
Que son buenas.
Lo trágico de las comedias.
Hay un hueco,
Hay un dolor,
Un sufrimiento
Que sabe a ti,
Que llama a ti,
Que responde a tu nombre,
Instalado en mis días
Hasta que vuelvas,
Arrojado a mi vida,
Condenado,
A sentirlo, a mirarlo
Hasta que vengas,
Si es que vienes,
Si es que vuelves…

Se queda la muerte
Si tú no vienes.

El velo de los ojos
No me deja verte.
Me los arranco, mejor,
Me los arranco
Y que el velo se pinte
Con mi roja sangre.

Sobre una inundación

Me sangra el ojo. Me pasaba a veces, me pasaba siempre que intentaba ver. Me sangra el alma y las orejas, porque ya no oigo, porque ya no siento, porque ya me he muerto.
Me sangran las manos también, se vierten las gotas escarlata de impotencia. Y a veces de histeria. Solo a veces. Los puños destrozan tras su paso la pared. Y ahora me sangra el dedo que porta el anillo que me regalaste antes de irte.
Me sangra el ojo, sobre todo el ojo, de pensar que no vuelves. Y ahora se encharca la respiración muy poco a poco. Quizá no es cierto, tal vez no llueve.
Las palabras que se quedan sin decir no se escriben nunca, y al emborronarse con la tinta de la pluma nunca vuelven a ser verdad, el significado se pierde, el significante no existe, nunca ha existido. No hay palabras en los jirones del vestido que se ha cosido de propio para hablar.
Me sangra la nariz, me sangra el pelo, y órganos mayores. Me sangra el corazón si no te veo. Arráncame esas flores, y vamos a bailar. Vamos a fingir que el mundo no es como es, que no somos como somos, que nadie es nada, que todo es aire, que volamos. Vamos a inventarnos ahora que tenemos dos pinceles.
Y así, en este ensueño nunca despertado, todo podrá ser, todo podrá ser, y nada existirá a la vez.
El camino está lleno de nubes y no hay borrón, ni hoja de papel en blanco. Solo hay baches. Por eso me sangra el corazón, porque no sabe atravesar todos los obstáculos. Sangre, hay mucha sangre derramada, de muchas heridas desgarradas, cicatrices distintas que no cierran. Cada vez más, cada vez hay más espinas.
Ahora el viento sopla y me lleva lejos de esta habitación, de este olor a sangre que me ahoga, estoy sangrando, y ahora ya me alejo, pero no vuelves, no me has echado de menos. Ahora es hora, ahora es ahora, ahora es cuando, ahora es nunca, y nunca y siempre y nunca y siempre. Y ahora.

Viaje hacia otra alma

Los trazados de la carretera se disuelven junto a este estado de espera indescriptible. Que no vuelve. Y no vuelve. A la derecha el monte que cambia de color constante, cada día, pinceladas de acuarela bajo una lluvia que no cesa, emborronan las pisadas del suelo, las laderas de la montaña, las personas extraviadas, encontradas, muertas, luego, sin encontrarse a ellas mismas en el camino que perdieron.
Se perdieron los trazados de las carreteras a cada paso, y ahora nada, y ahora nada, el pasado ya no existe, se han borrado las pisadas. Pero el presente se desdibuja también, se emborrona ante estos ojos que ya lloran, ya caen las gotas. ¿Y ahora qué? No me encuentro, no me encuentro. ¿Y ahora dónde estoy ahora? ¿Y luego dónde estoy nunca?
Las luces rojas se amontonan en las córneas, y reciben estímulos extraños que actúan en los brazos, que quieren abarcar el ancho mundo nunca antes inventado. Pero la nada, solo la nada aferran con tanta fuerza que sangran.
Este viaje hacia otra alma me resulta tan cargante, tan pesado, tan extenuante, tan agotado. Hacía mucho tiempo que no me quemaba tanto esta sensación, hacía demasiado que no me helaba así el silencio. El lenguaje se disgrega y descompone ante la muerte. Y ya no hay nada. Solo silencio en los balcones. Quizá ni eso.
Ya se aleja la montaña por la ventanilla de este coche, y aun giro la cabeza, en un intento de retenerlo en mi memoria. Pero ella existe y mi recuerdo solo es recuerdo emborronado, ya olvidado. Existe la montaña del pasado, que ha quedado rota entre los ramalazos del viento extinto en su falda, en sus laderas, en sus recovecos, sus trazados.
Los trazados… los trazados… los trazos de la vida y las preguntas nunca resueltas me acompañarán siempre, siempre, y no me dejarán dormir. Y la muerte acechará por esta ventana que ya desaparece. Que venga ya. Que venga la muerte.
Y la muerte que ya viene aquí a morir.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Atardecer

La tarde antes provista de nueva vida iba decayendo ya entre los viejos y arrastrados edificios, dejando tras de sí una estela en el cielo, un color rosa intenso, que se mezclaba y confundía con un azul pálido y una oscuridad que se adueñaba del cielo abierto.
Las luces de los tristes edificios se iban encendiendo, y en los cristales se adivinaban los destellos de las imágenes televisivas cambiando de forma constante.
Dos figuras en un balcón contemplaban la ciudad anocheciendo, las calles mudando de color, los paseantes refugiándose en sus casas, los habitantes de los edificios vecinos comenzando la rutina de principio de septiembre. Se había ido el verano, se había ido como la luz de aquella tarde, como el azul de aquel cielo de miércoles, como el gato del vecino en la ventana, como el chico del primer piso regando las plantas. Se había ido el verano como una exhalación, como un bostezo repentino a media tarde, como el abrir de ojos en la madrugada por un desvelo inexplicable.
Ante aquella calma imperturbable de finales de tarde, esas dos siluetas en la noche contemplaron todo lo que nunca se torna inacabable. Observaron las situaciones en sí, su lado más finito, su aliento fino que se va, las horas que pasan, un globo que escapa y se vuela. Lo que no vuelve. Lo que cambia. Todo cambia. Devenir constante. Allí, ante los ojos de esa gran ciudad.
El tiempo detenido a cada instante dejaba percibir una música a esos cuatro oídos, una melodía que nadie más escuchaba, pero que acompañaba aquella imagen solitaria. Retumbaba en aquel atardecer La vie en rose, y esa voz oscura de Louis Armstrong anochecía un poco más el día. Su inconfundible sonido limpio de trompeta resquebrajaba el cielo rosa, tan rosa como la vida que describía aquella melodía. Y qué pronto acabó, qué pronto, aquellas notas deslizándose en la nada, perdiéndose entre todas las ventanas de las casas incendiadas. Se veía, a lo lejos, las torres de la Basílica, y a la izquierda, más, todavía más, los arcos de la estación. La estación donde la había visto por última vez, la estación de despedidas tristes, de esperas largas, de instantes pasados que no vuelven. Qué pronto se había ido el verano, tan pronto como se había marchado ella de sus brazos. Y ahora la tarde caía, y no podía remediarlo.
El cielo oscureció por fin del todo, poco a poco, y aquella canción volvió a sonar. También oscurecía en Alemania ya.
En Alemania no había esas vistas, de edificios tristes con medios tejados, ni antenas que parecen pingüinos, ni gatos solitarios arriesgando una de sus vidas en el alféizar de la ventana. Tampoco había en Alemania esa figura que en la barandilla se posaba, dirigiendo su pensamiento lejos, muy lejos de aquellas casas, despreocupándose por un momento de las vidas que las habitaban. Porque si esta estuviese allí en el norte, contemplando un cielo encapotado, en vez de un desierto techo con nubes disgregadas, blancas, como las casas, esa canción no sonaría, ni estas palabras se escribirían, ni esas lágrimas caerían, porque la mente dirigida al centro del momento no estaría lejos de ese encuentro, sino allí, al lado, del brazo de a la que pertenecían todos sus pensamientos.
La luz moría del todo entre aquellos polvorientos edificios, y ella no estaba para seguir su recorrido.

Yo sé que me quieres

Yo sé que me quieres
porque al mirarme me bebes
y al responder tu mirada
la sostienes
calmada
y antes no,
antes
la caída de los párpados
colmaba
nuestro silencio de miradas.

Yo sé que me quieres
porque te acercas mucho a mí cuando dormimos
y sé que yo te quiero
porque cuando tú no estás aquí
no puedo dormir
y te escribo.

Echo de menos tu pelo,
tu mano en mi mano,
y nuestras manos sobre el pecho.
Echo de menos tu risa
tu aliento, tu voz y tu brisa.
Tus pecas pequeñas de nariz
y las que forman figuras en tu espalda,
las que trazan caminos en tus brazos
y la que asoma por encima del labio.

Echo de menos la piel de tus dedos,
la de tu rostro.
La forma graciosa de tu boca
y tus grandes ojos.

Tus finas cejas extraño
como me extraño a mí sin tu mano.

Echo de menos tu ropa en el suelo,
en mi cama tu cuerpo,
la ducha sin agua,
tu aliento en mi cuello.

Yo sé que me quieres
porque lo sientes si lees esto,
y sabes que yo te quiero
porque de no hacerlo,
amor,
de yo no hacerlo...
todos tus detalles, ¡no podría saberlos!

A tus ojos

Tus ojos marrones
son tan claros como el cielo,
tan dulces como el viento
en la orilla del mar.
Tan audaces como el aliento
al dejar de respirar.
Tan atentos
como el ave que se posa
y jamás echa a volar.

Tus ojos marrones
se vuelven rojos al llorar
como si en el centro
del corazón de los nervios
hubiese un árbol de navidad.

Tus ojos marrones
son tan preciosos y grandes,
tan calurosos y amables,
tan cariñosos y afables,
tan habladores,
tan intensos,
tan brillantes...

que no puedo evitarlo,
que solo sé sentir
que vuelvo a estar en casa
cuando se posan en mí.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Ya te has ido, y mi cama huele a ti
Todavía
Está reciente el sello
Que tú has hecho
al pasarte por mis días
Está caliente el hueco
Que has dejado
al marcharte de mi vida.

Ya te has ido, y no te has ido
Porque en el aire flota
Todavía tu risa
Y tu cara, y tus quejas
Y tus reproches de niña.
Tu alma buena
Será posiblemente
Lo que más eche de menos
De momento,
Y con el tiempo
Añoraré, no las grandezas
Sino los detalles
Que tú tienes
Los detalles
De tu espalda tus tres pecas
De tu labio su curva gruesa,
De tus ojos la caída de los párpados,
De tus gestos
el lento retirar del pelo acompasado.

Echaré de menos tus días,
Nuestros días,
Nuestro aliento junto al fuego,
Nuestro adiós en el silencio,
Nuestros te quieros,
Nuestros montones
De montones de montones
De te quieros.

Echaré de menos como miras,
Echaré de menos como ansías
Detener el tiempo
Y cómo asumes
Que en su transcurso llega tu huida.
Echaré de menos tu valentía,
Que me hace fuerte
Tu valorarme,
Tu hacerme grande,
Tu coger mi mano por la calle.

Ya te has ido
pero el olor tuyo de mi cama
se ha impregnado
para siempre, para siempre y siempre
en mi lengua y en mi alma.
Como las cosas buenas que me enseñas,
Como las cosas grandes que tú amas.